¿El Cuerpo Lleva la Cuenta? Una Pregunta que Vale la Pena Hacerse Dos Veces

Publicado originalmente en LinkedIn
September 9, 2026

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Por Amelia Barili PhD Profesora Emérita de UC Berkeley. Educadora en el Polyvagal Institute

Este año, un artículo publicado en Frontiers in Systems Neuroscience se propuso cuestionar una de las ideas más influyentes de la última década en el campo del trauma. El título del artículo: “The body does not keep the score” (“El cuerpo no lleva la cuenta”) — es una respuesta directa al conocido libro El cuerpo lleva la cuenta, de Bessel van der Kolk. Uno de los autores del artículo, Karl Friston, ha sido descrito como el neurocientífico vivo más citado. Este trabajo merece una mirada más detenida que la que le dio el titular — no para defender ni atacar el libro, sino porque el título del artículo, creo, está en silenciosa contradicción con la propia teoría en la que se apoya.

Durante la última década, mi trabajo se ha centrado en traducir entre las tradiciones antiguas de sabiduría encarnada — yoga, qigong, práctica taoísta — y la neurociencia que cada vez encuentra más mecanismos que las sustentan, enseñando esta integración en la University of California, Berkeley en el OLLI de UC Berkeley (Osher Lifelong Learning Institute) y en el Polyvagal Institute, en diálogo directo con el Dr. Stephen Porges. No soy clínica. Soy educadora y traductora, y sostengo la sabiduría antigua y la ciencia actual honestamente, una junto a la otra. Mucho antes de tener un nombre para el pensamiento sistémico, los maestros avanzados con quienes estudié en India y China ya me habían mostrado lo que esas tradiciones siempre supieron: que cuerpo, mente y espíritu nunca están separados. Mi querido amigo, el físico Fritjof Capra — con quien tuve el privilegio de colaborar durante décadas — le dio después a ese saber un lenguaje científico, a través de nuestras conversaciones y de los talleres que co-enseñamos, construidos exactamente sobre este tipo de tendido de puentes. Así que cuando surge un debate como este, lo vivo como una invitación a mirar más de cerca, tal como me enseñaron a mirar esas tradiciones antiguas y Fritjof.

Esto es lo que el artículo argumenta

Kotler, Mannino, Fox y Friston proponen que el trauma no es un almacenamiento a nivel de tejido, sino una predicción cerebral que se ha vuelto rígida: “el cerebro lo reactiva dinámicamente mediante inferencia desadaptativa.” El sistema nervioso le da demasiada prioridad a viejas señales de peligro y sigue generando estados corporales — corazón acelerado, vientre en tensión — que corresponden a una amenaza que ya no está presente. Los autores del artículo son cuidadosos con van der Kolk mismo: le reconocen su uso de Damasio y su atención a la interocepción. El propio artículo se plantea menos como una refutación abierta de van der Kolk que como un replanteamiento actualizado — un mismo bucle, descrito desde dos extremos: el de él, ascendente y sentido, desde el cuerpo; el de ellos, descendente y computacional.

Aquí es donde creo que el argumento entra en contradicción consigo mismo

El título plantea un contraste — cerebro versus cuerpo, predicción versus almacenamiento — y ese contraste sólo funciona si “cuerpo” significa algo separado del sistema nervioso. Pero la codificación predictiva, tal como la ha desarrollado Friston desde mediados de la década de 2000, no es una teoría de un cerebro que computa en aislamiento. Es una teoría de intercambio continuo entre el cerebro y la periferia — señales interoceptivas provenientes de las vísceras, señales propioceptivas y de presión provenientes del tejido conectivo, que informan y revisan constantemente las predicciones del cerebro. El neurocientífico Anil Seth, trabajando en esta misma tradición teórica, ha mostrado que la inferencia interoceptiva — la predicción continua que hace el cerebro sobre los estados internos del cuerpo — trata las señales provenientes de las vísceras como datos primarios, no como ruido de fondo. Bajo este modelo, el cerebro no está en oposición al cuerpo. Está en conversación permanente con él, actualizando su modelo a partir de lo que el propio cuerpo le reporta.
Entonces, cuando el título dice “el cuerpo no…”, toma prestado el sentido cotidiano de “cuerpo” — tejido físico, separado del pensamiento — precisamente para que la frase impacte. Pero ese no es el sentido de “cuerpo” que exige la propia teoría del artículo. El título, como pieza retórica, reintroduce en silencio una división que el propio marco teórico de los autores fue construido para disolver.

La fascia y las vísceras resultan útiles en este punto— no como una refutación, sino como evidencia. El artículo nunca nombra la fascia. Su frase real es “tejido no inervado”, una manera abreviada de referirse a un cuerpo-como-contenedor, que retiene contenido al margen del sistema nervioso. El tejido verdaderamente aneural sí existe — el cartílago, por ejemplo, no tiene inervación alguna. Pero nadie sostiene que el trauma se aloje en una rótula. El tejido al que en realidad apunta la narrativa popular — músculo, fascia, “tensión retenida” — es justamente el tejido que está densamente inervado. Hoy se documenta que la fascia es uno de los tejidos más densamente inervados del cuerpo humano: trabajos anatómicos recientes (Fede et al., 2020) sitúan su densidad de inervación en segundo lugar, sólo detrás de la piel. Las vísceras son un caso aún más claro — las aferencias viscerales, que viajan sobre todo por el nervio vago, son la señal primaria de la que dependen los modelos de inferencia interoceptiva. La frase apunta al tejido equivocado — y el cuerpo separado que describe resulta cada vez más difícil de encontrar.

Hay también una genealogía que vale la pena nombrar aquí. Yo me apoyé en ese mismo linaje — Maturana, Varela, Capra directamente — en un artículo que escribí en 2007, donde argumentaba que “la división mente/cuerpo es artificial… la mente no es una cosa, sino un proceso encarnado.” El propio marco teórico de Friston desciende de esa misma tradición. Su artículo de 2013, “Life as we know it”, cita el trabajo fundacional de Maturana y Varela sobre la autopoiesis. Y en 2019 fue todavía más lejos, al publicar un artículo donde sostiene que su propia teoría del cerebro predictivo y la tradición más antigua de la mente encarnada son, en sus propias palabras, una y la misma cosa. Vale la pena señalar entonces que, casi dos décadas después, un título que separa cerebro de cuerpo se está apartando, en silencio, de un linaje que su propio autor, en otro lugar, insistió en que no puede separarse en absoluto.e

Cualquiera sea la posición que uno tome en este debate, algunas cosas se mantienen: el trauma se siente en el cuerpo, y la respiración, la postura, el tacto y la seguridad siguen siendo instrumentos legítimos de sanación bajo cualquiera de los dos marcos teóricos. Y la frase de van der Kolk, incluso allí donde hoy se cuestiona su afirmación literal, sigue haciendo algo que ningún diagrama puede hacer — valida la certeza vivida de quien sobrevivió a un trauma de que este no está simplemente “en su cabeza”, que es exactamente lo que motiva el trabajo corporal en el que ambas posturas coinciden que vale la pena hacer. Lo que cambia es el lenguaje al que recurrimos después: no que algo está permanentemente dañado, sino que una vieja predicción sigue en marcha y puede, con paciencia, actualizarse. Esa distinción no es sólo semántica — es la diferencia entre sentirse roto y sentirse en proceso.

Lo que esto significa para la práctica corporal

Esto no es sólo un argumento que enseño — es uno que he vivido. Sé, por experiencia propia de un trauma significativo, lo que significa cargar un viejo peligro que el cuerpo no deja de reactivar, y lo que se necesita, lentamente, para convencer a un sistema nervioso de que puede comenzar a sentirse seguro nuevamente. La búsqueda de ese saber, mucho antes de tener este lenguaje para nombrarlo, fue lo que me llevó hacia las tradiciones antiguas de sabiduría — yoga, qigong, respiración, quietud — y es lo que llevo hoy a la sala, junto con la neurociencia: con clínicos y educadores, con personas que sanan de un trauma profundo o de una enfermedad crónica, y con cualquiera que busque herramientas genuinamente encarnadas para la resiliencia, el envejecer bien y la estabilidad interior.
La autopoiesis, la tradición que nos legaron Maturana y Varela, describe un sistema vivo que se crea y se renueva continuamente a sí mismo — no sólo físicamente, sino también emocionalmente, y a lo largo de un viaje de conciencia en despliegue constante. El movimiento lento y atento, la respiración y el tacto son la manera en que aprendí, primero en mi propio cuerpo, a practicar esa continuidad de forma directa: alimentando al sistema nervioso con evidencia del presente, de seguridad, que pueda competir con una predicción de peligro ya desactualizada, mientras se aprende, de manera experiencial, que un estado es un estado — no una identidad fija ni una cicatriz permanente. La neurociencia confirma hoy lo que estas tradiciones me enseñaron con otros nombres, mucho antes de que pudiera nombrar el mecanismo: el cuerpo nunca estuvo separado de la mente que predice a través de él, y un sistema nervioso convencido de un viejo peligro puede ser, con delicadeza y paciencia, convencido de lo contrario.

Y quizás esa sea, después de todo, la respuesta más honesta a la pregunta que da título a este artículo: el cuerpo no solo lleva la cuenta del dolor — lleva también la sabiduría para sanar. Cada vez que se lo cuida, aprende a confiar: que sabe cómo volver a la seguridad, momento a momento, y que ya tiene las herramientas para crearla desde adentro.